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martes, 25 de junio de 2013

Historia de los vampiros



Hoy son sólo elementos que le aportan interés a una narración, pero no siempre se les consideró como un entretenimiento más. ¿Cuál es su historia? 
Los vampiros están de moda. Desde el (literalmente) resplandeciente Edward Cullen hasta el heroico Bill Compton, pasando por el irresistiblemente cruel Damon Salvatore, estas criaturas hambrientas de sangre han invadido las pantallas de cine y televisión y llenado incontables estantes en las librerías. Un sinfín de dólares en ventas ha probado sin lugar a dudas que la romántica y trillada fórmula “vampiro atractivo y torturado + joven bella y martirizada” equivale a éxito instantáneo. No obstante, el fenómeno del vampirismo se remonta a siglos atrás.

Etimología de la palabra

No se sabe exactamente cuál fue el origen de la palabra “vampiro”, pero se cree que proviene del término eslavo “vampir”, cuyo significado sería algo a medio camino entre un ser volador, succionador de sangre y lobo. Pasaría luego al idioma alemán y, a través de este último, al húngaro. Pero no fue sino hasta aproximadamente el año 1726 que el vocablo “vampiro” fue propiamente documentado en Occidente, por oficiales austríacos, luego de que una plaga de murciélagos originara el rumor de la existencia de vampiros que se levantaban de entre los muertos para atacar a los pobladores y sembrara el pánico entre la población.

Evolución de un mito

La creencia humana en los vampiros proviene de tiempos inmemoriales. El primer registro que documenta tal creencia es un antiguo vaso persa, con el dibujo de un hombre en plena lucha con una extraña criatura que intenta succionar su sangre.
Tiempo después, los mitos babilónicos incorporaron a Lilith, una peculiar diosa que se alimentaba de la sangre de los niños.
En el antiguo Egipto, por su parte, encontramos deidades vampíricas, como Srun, quien se distinguía por su aspecto de lobo con largos colmillos y por alimentarse de los cuerpos de sus víctimas humanas, y Sekhmet, diosa que se convertía en un ser ansioso de sangre tras asesinar humanos.
En la mitología de la antigua Grecia, se pueden encontrar varias leyendas que apuntan al vampirismo: tal es el caso del mito de Lamia, cuyos hijos fueron asesinados por la diosa Hera tras enterarse de la existencia de un romance entre aquélla y Zeus. A modo de venganza, Lamia comenzó a perseguir a todos los niños que se encontraba y a alimentarse de su sangre. Asimismo, también existe en la mitología griega el caso de la hija de la diosa Hécate, Empusa, un monstruoso ser con pies de bronce, que poseía la habilidad de transformarse en una bella mujer y conquistar así a los hombres para extraer su sangre. No podemos tampoco olvidar a las Striges, diosas con rostro de mujer y cuerpo de pájaro, que absorbían la sangre de los humanos en tanto estos dormían.
Es necesario hacer un paréntesis y notar que, hasta el momento, los vampiros de los que hablamos son sólo divinidades que se alimentan de sangre. No se trata de muertos vivos como dicta la creencia general. Estos entran en escena en la Roma clásica, donde predominaba el temor a los lémures- espíritus de difuntos que adoptaban aspectos diferentes para asesinar a los niños y beber su sangre- y a Strix, un vampiro volador.

En la China Antigua, se temía a Kiang y a Giang Shi, un vampiro capaz de succionar la sangre de sus víctimas en pocos segundos y un diablo de comportamiento similar.

Avanzando un considerable lapso en el tiempo, encontramos en el folclor centroeuropeo el terror que los campesinos sentían frente al Strigoi, un ser con patas de caballo o cabra, que se alimentaba de su sangre mientras dormían.
El fenómeno del vampirismo, pese a que continuó dando de qué hablar, se atenuó considerablemente durante el Renacimiento. Sin embargo, a partir de la serie de pestes que asoló Europa Central se reactivó con fuerza en el siglo XIV. Incluso llegó a interpretarse la peste bubónica como causada por los vampiros, difundiéndose hasta tal punto el pánico a la infección que la gente enterraba a sus difuntos sin verificar que estuvieran efectivamente muertos.
La lIustración y el estallido de la Revolución Industrial arrojaron una nueva luz sobre las supersticiones y leyendas que habían atestado épocas pasadas. El racionalismo dejó el vampirismo en un segundo plano entre los siglos XV y XVII. Sin embargo, hacia 1611, ocurrió en Hungría un macabro hecho que avivó las llamas de la fantasía.
Erzsébet Báthory era la esposa de un conde. Basándose en sus estudios de magia negra, la condesa llegó a la conclusión de que al beber y bañarse en la sangre de mujeres jóvenes, sería capaz de preservar su juventud y belleza. Una vez capturada, fue condenada a vivir el resto de su vida encerrada en una torre.
El analfabetismo reinante en la población de aquellos tiempos, así como el sadismo de la condesa condujeron a la proliferación de las supersticiones acerca de los vampiros y del hombre lobo en Europa Central y Meridional. Numerosos escritores, asimismo, encontraron inspiración en la historia de la condesa.
Hacia finales del siglo XVIII, el Romanticismo buscó recuperar la emoción y la nostalgia del pasado, impulsando así el renacimiento de la novela gótica. Obras como Leonore, de Gottfried August Bürger, La Novia de Corintio, de Joahnn von Goethe, y la poesía de Keats, Baudelaire y Coleridge introdujeron un nuevo elemento: el placer otorgado por la muerte.
Los racionalistas del mismo siglo, no obstante, intentaron destruir las supersticiones infundadas. Calmet, un monje benedictino francés, publicó una obra donde cuestionó la existencia de los vampiros. Pero tanta atención brindada a estos seres fabulosos exacerbó el fanatismo extremo.
Sin embargo, la temática “vampiresca” reapareció en Inglaterra durante la época victoriana. Fue durante esta época que las leyendas sobre vampiros alcanzaron un auge hasta entonces desconocido. Posiblemente esto se deba a un inconsciente intento de rebelión contra la represión y censura social predominante en esos años.

Conclusión

Mediante leyendas e historias, los vampiros han acompañado a la humanidad por siglos enteros. Han sido motivo de fascinación y temor. Y, en tanto los seres humanos no pierdan la capacidad de narrar historias, todo parece indicar que lo seguirán siendo.
FUENTE: aqui

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